Primer Corredor Metropolitano de Ofrendas: un recorrido por las comunidades indígenas del estado
- Espacio de Escrituras

- 1 nov 2021
- 3 Min. de lectura
El día domingo 24 de octubre se inauguró el Primer Corredor Metropolitano de Ofrendas en el estado de Puebla capital. Dicha conmemoración a una de nuestras más grandes tradiciones mexicanas, el Día de Muertos, se encuentra al día de hoy y hasta el 7 de noviembre en Casa de Cultura, un espacio que, gracias a sus decoración se llenó de cultura, colores vibrantes, aroma a incienso y flor de cempasúchil.
El recorrido muestra representaciones de los diferentes altares que se realizan en las comunidades del estado, desde las ofrendas mixtecas, nahuas, otomí, hasta la tepehua, popoloca y mestiza; y es que, como bien lo señalan las instituciones a cargo de este evento, “Esta ofrenda monumental es una ventana abierta a diversas comunidades(…) a la celebración de los 500 años de resistencia, donde se muestran las costumbres y tradiciones para honrar a los difuntos”.
El conjunto de prácticas y tradiciones que prevalecen en torno a las celebraciones dedicadas a los muertos, tanto en las ciudades como en un gran número de poblaciones rurales, hoy constituye una de las costumbres más vigorosas y dinámicas de México. La celebración de los fieles difuntos o también llamado Día de Muertos tiene su origen en la época prehispánica, pues los mexicas cumplían a lo largo del año con varios periodos de celebración a sus muertos. La idea sobre una vida después de la muerte es una noción que la cultura mexicana arrastra hasta el día de hoy, idea que se hace más presente desde el 28 hasta el 1 y 2 de noviembre cuando las familias conmemoran a sus muertos con ofrendas en su honor. El mundo azteca consideraba la existencia de “cuatro destinos” para las personas según su forma de morir: El Tonatiuhichan o “casa del sol” era el sitio al que iban los guerreros muertos en batalla, los capturados para el sacrificio así como a las mujeres embarazadas. El Tlalocan, un tipo de paraíso al que llegaban todos los que morían debido al agua. El Chichihualcuauhco, un espacio destinado para los bebés o infantes fallecidos, donde eran amamantados por un enorme árbol nodriza con la idea de que volvieran a nacer. Por último, El Mictlán, el reino de los muertos y destino de las personas que fallecían por causas no relacionadas al agua, la guerra o el parto.
Las ofrendas que se presentan, desde la mixteca hasta la huasteca, se notan variedades en sus elementos, de panes como el tochi o las hojaldras, de bebidas como el mezcal o el yolixpa, de tamales como los del frijol o lo de cominos, del flores como cresta de gallo, de alimentos como el mole o zacahuil. También en sus formas e intenciones, pues encontramos la Tepehua, donde la ofrenda o los alimentos se colocan principalmente colgados de un arco para facilitarle a los muertos tomar la comida; o la Otomí donde a través de un papel amate se representa a los dioses que otorgan permiso a los muertos para regresar a degustar la ofrenda, etc. Donde cada una de ellas preserva y representa la esencia de cada estado.
Para los pueblos que provienen de una matriz cultural muy antigua, esta tradición que conmemora en gran parte del mundo occidental, ha terminado por concebirse como un patrimonio propio. Sus manifestaciones actuales, que afectan a la identidad mexicana en conjunto, son también un ejemplo de esa diversidad cultural que ha sostenido el éxito de las civilizaciones. Al proponerla, y al representarla, la Casa de Cultura ensalza una digna representación del patrimonio intangible de la humanidad, con amos a su vez en otorgar un reconocimiento a los pueblos indígenas que siguien haciendo posible el crecimiento de las raices mexicanas y su cultura.







Comentarios